miércoles, 19 de enero de 2011

"46 años después"

A continuación, compartimos con ustedes una carta que nos envió Celso Rodolfo Araujo (en la foto junto a la familia Zenker), y que fue escrita en noviembre del año pasado luego de una visita que hizo a nuestra ciudad, donde vivió hasta principios de la década del '60.


"Allen ya no es sólo memoria que me lleva a un tiempo que fue. En la última semana pude cumplir con un deseo de años; estuve allí.

Reviví lugares, situaciones, acontecimientos, rostros algo marchitos (como el mío) de los que están, y también de los que se fueron, aunque a estos los conservo con la juventud que tenían cuando dejé de verlos.

Este regreso me llevó al momento en que llegué por primera vez y me vi descendiendo del tren, junto a la que entonces sólo llevaba quince días de ser mi esposa. (Hoy nos faltan un par de meses para cumplir 55 años). Allí estábamos a la espera de que nos bajaran los elementos de nuestra mudanza que no eran nada más que un par de valijas, pero el tren volvió a partir y las valijas no estaban. Nuestra desesperación convertida en gritos, resonaron en algún oído que dispuso detener el tren y las valijas volaron desde el vagón de equipajes a unos cien metros desde dónde habíamos descendido. Solos en la estación, caminamos para recoger nuestros únicos bienes. Buscamos un taxi que nos llevó a la pensión de Doña Agustina.

Este fue el comienzo mi relación con el pueblo. Muchas cosas sucedieron en los nueve años que transcurrieron hasta que las circunstancias nos alejaron. No es mi intención hacer un relato pormenorizado ni escribir parte de mi autobiografía. Si quiero, como quién mira y muestra fotografías sueltas, recordar nombres, situaciones, estampas, momentos, que se mezclan con ideas, sentimientos, acontecimientos. Algo así como ocurre con alguna frecuencia en mi mente que salta de un lugar a otro sin motivo ni explicación.

Aquí veo el canalito que pasaba por el frente de nuestro primer domicilio, los Fernández y su almacén, Serfati y el diario de ayer, el tren, el Banco de Italia, la plaza, Eildistein, Bizzoto, don Luis Campetella y su canasta para comprar verdura, Doña Auristela, el viento, el polvo, el barro, Montero y su impecable carnicería, la iglesia, el Toto Rodríguez con su guitarra, Cacho que fue el puente por el cual llegamos, la escuela 23, el Tierno y su desplazamiento a lo Jhon Wyne, el Banco de Río Negro y Neuquen, Pirincho, la impecable señora Clara de la farmacia Waisman, Chiqui, Raquel. El Juez de Paz Maza, el correo, la municipalidad y el eterno D’Amico, el hotel España, Mabel. Héctor y Alberto Sánchez, El Sanatorio Allen y ese primer llanto de nuestros cuatro hijos rionegrinos. Cabib, los Ventura, la pedregullo grueso de las entradas, la bellaza multiplicada por ocho de las hermanas Ramos, el teléfono a manivela, la llave puesta en el auto y la puerta sin cerrojo, Tepper, Anzorena, galochas para caminar en el barro, Cirigliano + mameluco blanco + guantes, todo un personaje; la estación y los que llegaban, la estación y los que se iban, la estación y los curiosos de siempre. El imprescindible comisionista, con sus múltiples encargos y gestiones. El club Unión. Berisso su cigarrillo con boquilla y ese ceceo tan particular, el doctor Brevi y su eterno pedido de puchos, la escuela 27 metida entre las chacras, Maucho y sus tangos, Prestofón, Piero, el tesón y la valentía de Perla para crear y hacer realidad la secundaria, Enriqueta y un amor expresado de otro modo, las manzanas, los álamos, el canal, el agua y la vida; el canal como valla entre el pueblo y el barrio norte. El club Social, Beba, Sarita, Abundio, Mercedes, Chachil, Arcaute. Tort, su imprenta, y mi audacia de meter la mano en su Minerva. Chaves, Laponi, Bonini, Santana, Garat y muchos otros, y en la vereda de enfrente Lapuente, Lanfré y varios más. Inolvidable el “taxiflet” con propulsión equina de Belich. La Chila, la Negra y Marta, la confitería, Fefer, Ferroni, Carosio. El taxi de Stazionatti. Foca, Rutavalle y Licuogas, intentos importantes de los que participé; no pudieron resistir un nacimiento prematuro. Otto y su Elortondo, Monetta, Viscontti, Doña Mereja, Toni, Babaglio, Biló, Bagliani, las peras, la primavera en flor, la cosecha, los galpones de empaque, el verano y la fiebre del trabajo. La Cámara Junior que nos aglutinó a muchos de los que nombro más arriba y que dio nacimiento a otras cinco Cámaras en el Valle. El Conejito Pompón, un jardín de infantes nacido del empuje y entusiasmo de mujeres que ya mencioné y de María Teresa (la mía). El Hospital Regional, Ramasco con su personalidad que iba de la simpatía insólita al desparpajo. Se me escapan Boero, Margarita, Ducás, Becich, la nafta con nombre propio: Silvetti, Evangelista, Pardo. No puedo olvidarme de Orell y el cine San Martín, dónde, entre otras novedades, pudimos ver El Silencio esa “escandalosa” película de Igmar Bergman.

Sé que no están todos, ni las mil cosas que quisiera recordar. Eso es lo que surgió al correr de mis dedos sobre el teclado. Posiblemente, en la medida que exprima mi cerebro surgirán nombres que generarán un anexo y que me duele no poder incluirlos acá. También sé que aquellos chicos que nacieron en esa época no están en la lista. Faltan también los que me enseñaron a ser profesor en la secundaria y cuyas caras, muchas veces, aparecen en mis añoranzas con expresiones que van del interés a la reticencia propia de la adolescencia.

Es imposible comparar Allen con Buenos Aires (donde vivo), pero sé que aquí también podría hacer una lista con muchos nombres, pero de ningún modo esos nombres harían aflorar mis más cálidos sentimientos.

Ahora, 46 años después, varios amigos me han pedido que les diga como he encontrado al pueblo . No me resulta fácil hacer comparaciones. No tengo una fotografía al lado de la otra y a mi cerebro le da por endulzar el pasado.

Lo que más siento es la ausencia de los que vine a buscar y ya no están. Los he nombrado más arriba. Cuando escribí sus nombres los vi como entonces y no pude esquivar el dolor ni contener alguna lágrima. De los que están no vi a todos por falta de tiempo; no pierdo las esperanzas de volver y encontrarlos. A los que vi, como lo dije al comienzo, el tiempo les ha dibujado huellas que son signos imborrables de lo vivido: sumas y resta de alegrías y tristezas.

Del pueblo en sí he visto que ha crecido hacia los cuatro puntos cardinales. Es evidente que hay mucho más gente.(alguien me dijo 25.000, otro 33.000; 15000 éramos cuando me fui). Circulé por el asfalto que entonces no estaba. Me detuvieron semáforos necesarios aunque un tanto perezosos o con más trabajo del que deberían hacer. La iluminación se hace notar. Me sorprendió la iglesia que se mudó y modernizó. Libertad adquirió la categoría de parque. La estación se convirtió en museo. Me gustó la Municipalidad, Supe de más escuela y mejor calidad educativa; también de colegios privados. Vi algo de lo que pretende hacerse de la ex Bagliani. Visité el Barrio Norte donde se aprecian mejoras. Circulé por las tres entradas asfaltadas. Me sorprendió la edificación de nuevas y elegantes casas. Negocios variados y muy actualizados. Un nuevo y moderno hotel.. Importantes supermercados bien surtidos y concurridos. No debería hablar de teléfonos modernos, ni de Internet, ni del cable, que ya están en todas partes, pero los incluyo por necesidad de comparación. También los avances tecnológicos han llegado a las chacras: las espalderas las han convertidos en fábricas y a los árboles frutales en abanicos. Con seguridad debe haber mucho más que mencionar, pero en tan pocos días y la necesidad de una visión, aunque sólo fuera a la velocidad de un relámpago, me llevó a visitar Roca, Cipolletti y Neuquen.

No es el momento de hablar de carencias o de criticar, pero quiero expresar pequeños detalles que he recogido en las pocas veces que salí a caminar. Y es precisamente al caminar que noté que falta cuidado en las veredas, que pareciera que los árboles no fueran el más preciado complemento de todo lo realizado. Si hubiese visto las clásicas “cebras” hoy podría pensar que el peatón es más importante que el automóvil. Y en ese sentido me atrevo a agregar que no estaría de más, cuando se pueda, robarle un metro al asfalto que, por supuesto, lo ganarían las personas.

Sería mezquino si no expresa un pensamiento más global de lo que siempre he pensado sobre el Valle y que, quizás sea compartido por muchos de los que allí viven. Veo a esa franja enmarcada por el gran canal y el río como una gran ciudad de más de 100 km. de largo, alternando ciudades (podría decir barrios) con “fábricas de frutas” Neuquen y Roca, las más importantes, son aspiradoras de gente, de negocios, de educación terciaria, de cultura. La falta de transporte rápido y seguro, aumenta el flujo en un solo sentido. El crecimiento de las otros “barrios”, Allen incluido, es posible si los inversores encuentran las facilidades y atractivos necesarios, para la instalación de industrias y servicios complementarios de la producción básica. Una autopista rápida y segura y un tren local moderno y veloz permitiría que el flujo de gente fuese en ambos sentido, con lo cual bien podrían los otros “barrios”, si brindan todos los servicios que hacen placentera la vida, contener a las personas de mayor capacidad e ingresos; valga como ejemplo que en Buenos Aires es muchísima la población que elige vivir, por confort, tranquilidad, aire puro. a más de 30 km. de su lugar de trabajo.

Por último quiero expresar mi añoranza por aquel viejo tren, que en los últimos tiempos casi nunca llegaba a horario, pero que nos mantenía unidos a la gran ciudad, nos traía las novedades, el diario de ayer y esa necesaria inyección de vitalidad existencial.

Y también vuelco un sentimiento de respeto, admiración y cariño por el gran canal por donde, ni más ni menos, fluye la vida de todo el Valle".

Celso Rodolfo Araujo